La hija del ex presidente chileno acompañó a Fernández en su visita a La Moneda. Cuenta los entretelones de su encuentro y reflexiona sobre el llamado a una integración regional.

Crit María Isabel Allende, hija del histórico presidente de Chile y actual senadora nacional por el Partido Socialista, acompañó a su padre casi hasta el final, cuando bombardeaban La Moneda aquel 11 de septiembre de 1973. Escapó solo cuando Salvador Allende se lo pidió, no antes. Esta semana, volvió a recorrer esa parte de la casa de gobierno trasandino que los militares quisieron tapar con revoque pero que dos líderes socialistas, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, restauraron como parte de la memoria del país. En diálogo telefónico con PERFIL, cuenta que habían pasado años desde su último reencuentro con esa parte de su pasado que eligió compartir, junto a su hija, Marcia Tambutti, con el presidente Alberto Fernández y la primera dama, Fabiola Yáñez, en su gira por Santiago. Acusa a los liderazgos latinoamericanos por su falta de compromiso real con la integración, más allá de izquierdas y derechas. Y advierte sobre el elevado costo que puede pagar su nación con los jóvenes si no cumplen con las expectativas en una nueva Constitución. —¿Qué le consultaba el presidente Fernández mientras lo guiaba por los salones y espacios que recuerdan a su padre en La Moneda? —Sentí su emoción por estar allí, haciendo un homenaje a Salvador Allende, como muy auténtica. Hasta quedó muy sorprendido al enterarse de que yo había estado allí. Me preguntó cómo había sido, cómo había salido. Fue muy impactante para él y nos contó, a mi hija y a mí, que una de las marchas más grandes que le había tocado ver había sido la que se organizó cuando era estudiante, ese 11 de septiembre, y se enteraron de la muerte de Salvador Allende. Y cómo cantaban, o gritaban, más bien… Vio con mucho detalle el escritorio de mi padre, el sofá donde estuvo, la sala donde se supone que murió… —¿Cambió su manera de percibir esos lugares al recorrerlos? —Bueno, una ha ido muchas veces y no deja de impactarme. Lo que ha sido ese 11 de septiembre es imposible olvidarlo. Siempre hay un toque de emoción y es fuerte estar allá. Ahora, hace tiempo que no había ido porque soy de la oposición (al gobierno actual) y no había tocado ir para ninguno de esos actos en los que se invita a los legisladores por la promulgación de una ley. Además, por la pandemia, realmente me estoy cuidando mucho y no hago actividades presenciales pero decidí hacer la excepción cuando me llamaron del gobierno de Chile porque era lo que me nacía hacer. —En el discurso de la victoria de su padre, en 1970, él advertía de los tiempos difíciles por venir para Chile y la región. ¿Por qué Latinoamérica nunca terminó de integrarse como él soñaba, aun cuando hubo tiempos de sintonía política? —América Latina es compleja y cada país tiene su historia, su especificidad, y no hemos tenido ni la altura de miras ni la generosidad de ser capaces de generar unidades dentro de la diversidad. Europa es un muy buen ejemplo en este sentido. Claro, tienen unos valores comunes muy potentes: democracias sólidas, derechos humanos, un Estado de Bienestar Social, hay unos parámetros claros a partir de los cuales hay cierta diversidad. América Latina es distinta. En algunos casos son dictaduras. En otros, democracias. Recuperan las democracias. Pierden las democracias… —¿La unidad se queda en las grandes palabras? —En América Latina, siempre la unidad ha sido una conducta más retórica que voluntad real de buscar una integración verdadera. Sus liderazgos no son capaces de compartir.

—¿Y ese es un cuestionamiento más allá de izquierdas y derechas? —Por supuesto. Nos hace falta entender que solo con mucha unidad tendríamos más posibilidades. No se logra y por eso me duele. Aun en una situación tan dramática donde uno supondría que habría muchos más caminos para pensar en una instancia regional o subregional, no se perfila. —Fernández propuso basar la unidad en el pragmatismo. ¿Lo considera un enfoque duradero? —Por lo menos sería una buena “razón”. —Uno de los temas que surgieron en la visita del presidente Fernández fue el proceso constituyente. ¿Qué significa para Chile esta posibilidad? —Es una oportunidad única. Casi el 80% de los ciudadanos se manifestaron de acuerdo con una nueva Constitución. Y no solo eso: apoyaron que el 100% de ese órgano sean elegidos y no mitad/mitad con el actual Legislativo. Incluso fuimos más allá y gracias a una gran movilización de mujeres, logramos que la convención de 155 personas encargadas de redactar una Constitución sea paritaria, con 17 escaños reservados para pueblos originarios. No existe precedente. —¿Considera que la centroizquierda estará a la altura de lo que pedían las calles? —No haber logrado una lista de unidad nos pone en riesgo de dispersar el voto y eso le va a dar una posibilidad de sobrerrepresentación a la derecha. El peligro es que algunos temas que para nosotros son sustantivos, como la garantía del agua como bien público, queden en blanco. Y deberán abordarse luego mediante leyes ya que cada capítulo debe ser aprobado por dos tercios. —Considerando que gan parte del descontento en 2019 radicaba en las instituciones, ¿cuál puede ser el costo de una nueva desilusión si estos nuevos derechos terminan dependiendo de eso viejos actores? —Alto. Porque la gente quedó sensible. Existe un distanciamiento con los partidos políticos y el Parlamento. No siempre se entiende la función del parlamentario o estas fórmulas del supraquórum y el ciudadano corriente puede sentir que estamos estancados, no podemos avanzar o no nos ponemos de acuerdo. Las democracias son frágiles. Hay que cuidarlas, fortalecerlas y dar espacios. Si la gente no encuentra esos espacios, se siente maltratatada y sin imposibilidad de incidir. —Mencionaba antes la incidencia del movimiento de mujeres, ¿considera que el feminismo llegó para quedarse como actor relevante o es un momento de flaquedad del patriarcado? —El feminismo llegó para quedarse. Es lo que creo y es lo que espero. No es posible hoy la legitimidad de cualquier política pública si no tiene el sello de género. —En Argentina, la fuerza feminista es transversal en lo político, con mayor o menos expresión en los partidos mayoritarios, ¿cómo se presenta en Chile? —Aquí, el aborto es más bien un tema de centro e izquierda con alguna expresión excepcional en la derecha. Las posturas son mucho más claras en ese sentido. El ejemplo del debate argentino removió todo pero somos un país con una evolución mucho más lenta, envuelto, durante muchos años, en un importante conservadurismo que se manifiesta en el retraso en las leyes. Porque en la sociedad los hechos son distintos. No había divorcio pero la gente se separaba igual. Pero para que hubiese una ley nos tardamos hasta 2004. En Chile, la sociedad evoluciona más rápido que los actores institucionales —¿Y allí es donde se produce el divorcio? —Ahí se produce el divorcio, indefectiblemente.

Fuente WWW.PERFIL.COM